Uruguay con su Presidente, madurado por la experiencia, ha entendido que el “ojo por ojo” enceguece a los pueblos. Otros países, dejando de lado los canales institucionales de justicia; que, debieran bastar, han creado “comisiones” que, investigando “la” verdad de hechos antihumanos, permitan castigar a los presuntos criminales. El castigo impediría la repetición de los crímenes.
¿Es posible conocer “la” verdad en plenitud, fuera de las circunstancias, en las que se realizaron y oyendo solo, o principalmente, a las víctimas, a algunas víctimas?
En Ecuador, por un lado, dirigentes de Alfaro Vive reconocen la autoría de muertes y otros crímenes. Los justifican con el fin de “instaurar la justicia en Ecuador”.
Por otro lado, especialmente durante el gobierno del ingeniero León Febres-Cordero, se creó un ambiente opresivo, intransigente, en el que reprimir frecuentemente fue torturar. Los tanques que rodearon la Corte Suprema de Justicia, los procesos fraguados por una obsecuente Fiscal, la pretensión de ejercer autoridad hasta en entidades no estatales fueron también manifestaciones de intolerancia. Las justifican con la necesidad de evitar en Ecuador entidades similares a Sendero Luminoso, o las FARC. El terror detuvo al terror –reconozcámoslo–; pero se requirió la sensatez del nuevo gobierno, para detener la carrera enceguecedora. Se puede, aunque difícilmente, explicar la tortura con la turbación social, que la motivó; pero es imposible justificarla moralmente.
No hay soluciones inmediatas. En Ecuador se requiere una educación con valores, que cimiente una sociedad fraterna. Nombres de unos u otros en avenidas, o monumentos aparecerían como justificación de lo injustificable.
Las dos Españas se desangraron: Una España “para arrancar a la Iglesia de cuajo”, como se lee en diario socialista Solidaridad Obrera, del 15 agosto 1936, comenzó matando a 6.845 servidores de la Iglesia, obispos, sacerdotes, religiosos (as), asesinados, muchos de ellos, después de ser torturados. ¡Ninguno abandonó su fe! No se conoce el número de padres y madres de familia y jóvenes asesinados. Fueron algunos miles. Esta España quemó 1.314 templos, muchos de ellos monumentos artísticos; destruyó parte de aproximadamente 4.000 templos.
Ni estos crímenes justifican la reacción de la España franquista, que fusiló a su vez a miles de ciudadanos de la otra España . El paso de españoles de torturadores a torturados ahondó e infectó la herida.
Posteriormente españoles, guiados por gobernantes sensatos, acordaron, también legalmente, unir esfuerzos, renunciando saber quién hirió más. Estos ciudadanos y gobernantes reconocieron la verdad cristiana, según la cual la misericordia llena los resquicios, que siempre quedan en la justicia. El inefable juez Garzón se encaprichó en investigar los crímenes y solo los crímenes de los franquistas. Españoles socialistas se empeñan en recomenzar a destruir monumentos; así reabrirían más visiblemente heridas ya cicatrizadas y por cicatrizar.
No se logra en la tierra la justicia plena; esta afirmación, bien entendida, no nos lleva a la resignación pasiva, sino a la necesidad de unir ideas, conjugar intereses contrapuestos, convenir en objetivos comunes, para a lo largo del camino acercarnos a una sociedad cada vez más fraterna.