Decidió enterrar cuatro estacas profundas en las mansas aguas del estero Salado, porque dice que no tenía un lugar para vivir. Guadalupe Vallarino, una mujer evangélica de 31 años, invadió las riberas del estuario a la altura de las calles 12 y Cristóbal Colón, cerca del Puente de la A en el suburbio, hace tres años.