Tengo 72 años y desde 1948 soy residente del cantón Buena Fe, provincia de Los Ríos. Mientras leía el periódico sobre la zozobra que hay en Guayaquil por la inseguridad, recordé que yo también fui víctima de la delincuencia en esa ciudad.
Fui a visitar a mis hijos que viven en Guayaquil, dos en la ciudadela Los Vergeles, y dos en Bastión Popular. Llegué donde un hijo, a las 06:45, y estaba con mi consuegro en la cocina tomándome un café cuando entraron cuatro asaltantes armados y comenzaron a insultarme; creían que yo era el dueño de casa y me exigían dinero, las llaves del carro, y que les abriera la caja fuerte. Les dije que yo solo era un pastor evangélico que estaba de visita en esa casa, pero me halaron a la sala insistiendo que les diera lo que pedían.
Alcancé a ver a mi hijo que estaba en el piso de arriba y se disponía a bajar las escaleras hacia la sala. En eso fui impulsado a alabar a Dios y dije: “Dios mío, de dónde viene mi socorro”, (Salmo 121), y continué diciendo: “Tú eres mi amparo y fortaleza, de ti espero mi auxilio..., imploro tu ayuda”. De pronto los cuatro malandrines se turbaron tremendamente y con temor huyeron del lugar.
Yo subí al segundo piso a ver a mi hijo, él estaba cargando un arma que tenía; si la hubiera usado, nos liquidaban a todos pues los delincuentes eran seis: uno estaba en el carro, otro frente a la casa, y los cuatro restantes se encontraban dentro de la casa, en la sala. Mi nuera llamó a la Policía,pero llegó tarde. Luego del susto, todos nos pusimos a orar dando gracias a Dios que nos libró de una masacre.
Isidro Freile Alcívar,
Quevedo, Los Ríos