Voceros del Gobierno afirmaron días atrás que los jueces penales son delincuentes. Si es así, la pregunta es: ¿y por qué no están presos? ¿Por qué el Ejecutivo no ha presentado las pruebas de su acusación para de ese modo liberar al país de un daño tan grande?
Como las pruebas no existen, debemos sacar la conclusión de que hay algo más de fondo.
Se trata de un estilo al que ya comenzamos, trágicamente, a acostumbrarnos, de un régimen que insulta y ofende a cualquiera que se pone por delante, sea un ciudadano común y corriente o sea una de las funciones más importantes del Estado. Pero además, en este caso, podría ser indicio de algo peor, de aquello que en el argot político se llama un globo de ensayo, destinado en esta ocasión a preparar el terreno para meter mano en la Función Judicial.
Hay jueces y jueces. Algunos son justos, otros siguen siendo corruptos. Para deshacernos de estos últimos, el camino no es insultar ni violar la independencia de los tribunales sino fortalecer las instituciones; un camino que, lamentablemente, este régimen viene cerrando desde hace tres años.