Ganar elecciones nunca ha sido lo más difícil para los caudillos. Solo se ponen a prueba de verdad cuando termina la luna de miel con sus electores y les toca enfrentar al pueblo en las calles.
Rafael Correa, por ejemplo, acaba de rendir su primera evaluación política importante fuera de las urnas, y los resultados son lamentables.
Fueron dos o tres semanas difíciles. El hermano mayor del Presidente desparramó lodo con ventilador, la tragedia del desempleo nos golpeó con crudeza, la ola delictiva rompió récords históricos, y en medio de ese caos, miles de manifestantes se regaron por el país sin que nadie pudiese detenerlos.
Dos o tres meses antes, nos habría parecido inconcebible. Hubiese bastado con que el Gran Jefe aparezca por televisión para que el más macho de los descontentos se haga humo. Pero esta vez ni la verborrea ni el garrote funcionaron, excepto para hacer que el Gobierno pierda puntos en las encuestas, sobre todo cuando el Presidente confesó que había llorado en Lovaina y cuando le preguntó a Marlon Santi quién fue el estúpido que dijo lo que él dijo.
La Revolución Ciudadana debió recurrir por eso, como última salida, al viejo truco de cada gobierno que en los últimos veinte años quiso evadir una respuesta seria: conformó una comisión, y después otra, y luego otra más, con la intención de darse tiempo para reorganizar sus fuerzas.
Algún lector me ha preguntado por qué los dirigentes de la UNE y la Conaie, el Conesup y las federaciones de estudiantes aceptaron un engaño tan evidente, y si acaso los compraron. No lo creo. El problema es mucho más de fondo. Lo que ocurre es que estos antiguos aliados de Correa no han cambiado sus métodos ni su estilo. Empeñados en conservar su prestigio a cualquier costo, no pueden ni quieren reconocer ante sus bases que se equivocaron, así que se aferran a la esperanza de que Correa cambie.
Fue así como llegamos a la calma chicha de estos días, a este clima político que Vinicio Alvarado podría comparar con una pausa comercial, durante la cual deberá diseñar a toda prisa nuevos eslóganes, mientras la Ministra de Finanzas ve de dónde saca la plata para nuevas promociones y subsidios.
No es imposible que logren engañar al pueblo de nuevo, pero lo veo difícil. La crisis de las tres últimas semanas dejó como secuela muchísimas heridas. No las puedo mencionar todas por falta de espacio, así que solo me referiré a la que me parece más importante.
No sé si a ustedes les llamó la atención, como a mí, que la marcha de las universidades pudiese llegar tan fácilmente al pie del Palacio de Carondelet.
Algunos policías lanzaron tres o cuatro bombas lacrimógenas, y punto. Envalentonados, los estudiantes hicieron retroceder al único piquete con escudos, cascos y chalecos que resguardaba el sitio. Los más audaces del MPD se treparon por la baranda del Palacio, forcejearon con tres o cuatro guardias, y luego se retiraron muy campantes, sin que nadie los detuviese.
Dirán que fue una táctica cuidadosa, que quisieron evitar la violencia. Desde luego que sí, pero si hubiese sido Margarito, otro hubiera sido el cantar, así que saco la conclusión de que algo está pasando por la cabeza de muchos oficiales y de la tropa, y no creo que a Correa le vaya a gustar.