Aquella sensación de paz, quietud, seguridad que producía la secuencia de troncos verticales, hoy está solo en mi mente. La experiencia de estar dentro de un bosque se limita a la memoria: los enormes eucaliptos, una especie introducida en 1865 por decreto del presidente Gabriel García Moreno, desaparecen paulatinamente de la periferia de Cuenca.

En torno a las lagunas del Parque Nacional Cajas cada vez es menos frecuente ver los bosques nativos de la especie polylepys, a los que llamábamos “árboles de papel” por la serie de finísimas capas que soltaban de su corteza y que daban la impresión de ser añejos libros vivientes.

En las extensiones de Turi, Gullanzhapa, Tarqui, antes llenas de árboles, solo quedan pastizales. Y ganado.

Los bosques en torno a la ciudad desaparecen y su recuperación se limita a ofertas, como aquella del ex alcalde Xavier Muñoz Chávez de sembrar un millón de árboles en Cuenca, y que terminó como un costoso bosque de afiches que anunciaban el programa en las paredes de oficinas públicas.

Mientras tanto la deforestación avanza. Y tan peligrosa es que los números dan su voz de alerta: si la cosa sigue como hasta ahora, en menos de dos décadas Ecuador se quedará sin bosques. Según la Comunidad virtual WEB Islam, que cita al Centro de Levantamientos Integrados de Recursos Naturales por Sensores Remotos (Clirsen), “el Ecuador pierde entre 168.000 y 198.000 hectáreas anuales de bosques”. En el resto del planeta el panorama es más desolador: para obtener una tonelada de papel se deben talar 17 árboles; la tala de árboles para producir papel afecta directamente a 240 millones de personas en países pobres del todo el mundo; solamente un estadounidense promedio –el mayor consumidor mundial– utiliza 340 kilos de papel al año.

El tema no es nuevo. En 1926, en Roma, se instaló la primera edición del Congreso Mundial Forestal en un intento por reflexionar sobre el tema de la deforestación. Discusiones que se han replicado cada seis años en diferentes países del mundo, con el auspicio de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, y que desde hace una década incorporaron un nuevo concepto: el calentamiento global.

La XIII edición de este foro mundial por el medio ambiente se instalará el próximo domingo en Buenos Aires para diagnosticar la situación de los bosques y estimular la reflexión entre los grupos interesados en el sector forestal. Como una propuesta simbólica del evento, la presidenta del país anfitrión, Cristina Fernández de Kirchner, plantará un árbol en los jardines de la Casa Rosada; un acto que puede ser considerado como de efecto mediático cuando están de por medio muchas decisiones represadas que tienen que ver con el sector industrial, para promover un efectivo plan de responsabilidad social empresarial.

Sin embargo, que se discuta, se plantee y se reflexione, ya será bastante. Ecuador también estará presente con sus propuestas sobre las experiencias en manejo responsable del medio ambiente, que se desarrollan en la Sierra norte.

El Congreso Mundial Forestal se convierte así en una oportunidad para los bosques. Para los cada vez más escasos bosques en todo el mundo.