Simón Pachano
Si el Presidente hubiera estado con otro ánimo, con el de todos los sábados, seguramente habría encontrado una canción para sustituir al “que se vayan” –que gustaba entonar sarcásticamente– con un “que regresen” desesperado.

Pero la realidad le cayó encima con toda la sorpresa que eso puede producir en quien se ha negado sistemáticamente a aceptarla. Desgraciadamente, esa realidad llegó de la peor forma, con la muerte de una persona, después de que la relación con los movimientos sociales se había tensado hasta su límite.

Por ello, la imagen apesadumbrada de la cadena nocturna del miércoles se podía interpretar no solamente como el reflejo del sentimiento personal, que seguramente lo compartía la mayoría de las personas en ese momento, sino también como la desazón política frente a algo que no podía y no puede ser entendido desde la lógica del Gobierno y de la revolución ciudadana.

Publicidad

En efecto, es muy difícil o muy poco probable que desde esas alturas se comprenda el cambio de situación que evidentemente se produjo en estos días. Las movilizaciones de la UNE y los hechos de Morona Santiago constituyen un momento de inflexión en el  adormecimiento de los movimientos sociales y en la apatía tan evidente desde el inicio de esta administración. Pero para comprender el carácter y la magnitud de ese cambio sería necesario despojarse del mesianismo que ha venido guiando a la revolución ciudadana, y eso parece imposible no solo por las características personales del mandatario, sino sobre todo por el carácter del proceso en sí mismo. Este está pensado como una revolución hecha por tecnócratas que, para decirlo con las palabras de su antecesor mayor, saben qué hay que hacer y saben cómo hacerlo. La verdad les pertenece y todo lo demás es un cuento contrarrevolucionario. Esas ideas les llevaron a creer que las organizaciones sociales, que habían sido la base natural de la izquierda en los últimos veinte o más años, se mantendrían incondicionales a su lado.

Con esa concepción como guía, todo el proceso quedó atado a la voluntad única y omnímoda del líder y a la sabiduría de unos jóvenes técnicamente bien calificados. Se pensaba que la combinación de esos dos elementos sería suficiente para alinear a todas las fuerzas políticas progresistas y a las organizaciones que habían sido protagonistas centrales de la política en las últimas décadas. Esto se complementó con la estatización de la participación, establecida en el nuevo ordenamiento constitucional. Allí, en lugar de alentar las expresiones propias de la sociedad –especialmente de una sociedad tremendamente activa como ha sido la ecuatoriana–, se buscó controlarla, y para ello nada mejor que convertirla en parte del Estado.

Toda esa idea quedó como un enorme error a partir de los acontecimientos de la semana pasada. Ni el mesianismo tecnocrático tenía la capacidad de conducir un proceso complejo como este, ni las organizaciones sociales estaban dispuestas a seguir apoyando plebiscitariamente al Gobierno porque supuestamente así lo establecen la historia y la ideología. Ahora solo queda abandonar la idea central. Es decir, un imposible.