Por: Ricardo Tello Carrión

La mañana del 19 de octubre de 1969, un ajetreo inusual se tomó el parque Abdón Calderón, en el centro histórico de Cuenca. Ese día se iniciaría una proeza a cargo de un puñado de cuencanos dispuestos a demostrar que sí era factible atravesar las rocosas y descomunales montañas occidentales del sector –hoy parque nacional– Cajas que, con 4.440 metros sobre el nivel del mar, se interponían a una rápida conexión terrestre entre las provincias de Azuay, El Oro y Guayas.

Semanas antes, el Sindicato de Choferes Profesionales del Azuay se negó a cubrir, con un “raid”, el recorrido entre Cuenca, Molleturo y Naranjal, cuyo retorno debía culminar con una entrada triunfal de los denominados “raidistas” el 3 de noviembre de aquel año, en homenaje a un aniversario más de la independencia de la capital azuaya.

El reto, eludido por el Sindicato, fue asumido por el Club Deportivo Choferes y alentado por los pobladores y el cura párroco de Molleturo, Roberto Samaniego, quienes aspiraban a que se los rescate del sempiterno olvido en el que se hallaban como parroquia del cantón Cuenca, a pesar de estar a solo 65 kilómetros de distancia.

Para la aventura, la fábrica de llantas (la llantera), hoy ERCO, entregó un jeep Land Rover que, partiendo de Cuenca, debía llegar a Molleturo y luego a Naranjal, siguiendo el trazado del denominado Camino Garciano –construido por orden de García Moreno–, que a su vez seguía el trayecto de la red de caminos reales construidos por los indios aborígenes que poblaron el valle de Guapondelig, luego llamado Tomebamba y finalmente, con la ocupación española, Cuenca.

Y así fue como este puñado de aventureros emprendió el viaje, a las 10:30, hacia la conquista de un ambicioso proyecto cuya concreción esperaba en el despacho mismo del presidente José María Velasco Ibarra como parte de su Tercer Plan Vial. Entre los testigos de la partida se corrieron apuestas que vaticinaban el fracaso de la empresa, una de ellas llegaba a la astronómica suma de 100 mil sucres.

Oficiales de la Tercera Zona Militar, acantonada en esta ciudad, entregaron un equipo de radio que serviría de conexión permanente con los “raidistas” para conocer sus avances. En ciertos tramos el vehículo fue literalmente cargado en hombros para sortear los declives naturales del trayecto. Los tramos recorridos, el kilometraje y los nombres de esa especie de héroes constan en un par de zapatos de lona utilizados en aquel viaje por mi padre, Vicente Tello, cronista gráfico de la expedición y quien hasta hace poco prestó sus servicios profesionales como fotógrafo freelance en diario EL UNIVERSO.

La aventura terminó antes de lo esperado, y los pesimistas tuvieron que honrar sus apuestas: el 31 de octubre de 1969, el presidente Velasco Ibarra envió un DC3 para que una delegación de “raidistas” acuda al palacio presidencial a atestiguar la firma del contrato, con la Monolítica, para la construcción de la Cuenca-Molleturo-Naranjal. Y con los 100 mil sucres de la apuesta mayor, el Club Deportivo Choferes construiría su sede. Pero sobre todo los azuayos habían doblegado al coloso y abierto la senda que recién hoy, 40 años después, se concreta con una vía de hormigón.