No quisiéramos estar en la cabeza de Pablo Palacios. Debe sentirse muy culpable. Su infantil expulsión dejó la puerta abierta a una invasión colombiana. Que no llegó. Pero igual la derrota lo condena. Siempre es un infantilismo la expulsión de un delantero. Se produce por causas negativas: entrar en una pelea, reaccionar mal ante una falta, pegar un codazo absurdo, discutirle airadamente al juez o, como en este caso, por simular. Los delanteros deben hacer echar a los defensores, no al revés. Y además su acción en la primera amarilla causó una gravísima lesión a Fabián Vargas.