Alfonso Reece D.
BOGOTÁ

Escribo este artículo en Bogotá. Lo enviaré a EL UNIVERSO por internet. Prepararé mis maletas mirando las noticias que genera la CNN desde Atlanta, que muestran en vivo reportajes enviados desde Afganistán o Zimbabwe. Quizá desde un taxi notificaré por celular a mi casa que llego a las cuatro Este mundo hipercomunicado era impensable hace cuarenta años.

Siempre, al oír las grabaciones del Festival de Woodstock, esas maravillas de Janis Joplin, The Who, Jimi Hendrix o Santana, me pregunto con nostalgia, con ira casi, ¿por qué, demonios, no estuve allí? La respuesta salta en un segundo: porque no me enteré. El Festival no se transmitió en vivo por ninguna cadena de televisión y, si lo hubiera sido, no se habría podido ver en Ecuador, porque no fue hasta bien entrado los años setenta que tuvimos transmisiones vía satélite. Tampoco vimos la llegada a la Luna en el momento que ocurrió. Debimos conformarnos con la descripción radial de la máxima aventura humana del siglo XX. Todo eso fue el inolvidable año 1969, que también vio los horribles crímenes de Charles Manson.

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Quizá a los jóvenes les sea difícil entender ese mundo sin banda ancha, telefonía móvil, satélites y otras facilidades de hoy. Si se hiciese un festival de la magnitud de Woodstock, no serían pocos los muchachos que comprarían on line sus boletos y se trasladarían a cualquier lugar de Norteamérica para presenciarlo. En ese entonces, concurrir al gran encuentro era posible, pero no fuimos más por una cuestión de actitud y de información como digo.

Pasaron semanas, si no meses o años, para que algún canal nacional nos pase unos pocos minutos de las películas (no videos) que se lograron en esos tres días de música, paz y amor. Los periódicos publicaron noticias al respecto, pero se referían al suceso más como un gran desmadre hippie, casi una maxiorgía, que como un evento artístico o como lo que fue más que nada: una ceremonia que conformó la ideología de una generación. No sé si algún ecuatoriano estuvo entre los 500 mil afortunados que lo vivieron; si lo hay, debería contárnoslo hoy, justo cuarenta años después.

Si me hubiese enterado de que Janis y Carlitos iban a estar juntos en un festival, a lo mejor hubiera pensado “¡qué ganas!”. Pero por razones logísticas (edad y finanzas, fundamentalmente) no habría podido ir. Además, era algo que no se estilaba, que casi no se nos ocurría. Pero desde 1969, justamente por cosas como Woodstock y el viaje a la Luna, las cosas comenzaron a cambiar. Empezamos a volar, a no someternos, nos dimos cuenta de que estábamos atados.

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Sí, no estuve en Woodstock, pero sus notas, sus fantasmas y su amor perviven en los espíritus insumisos, díscolos y rebeldes que amamantamos nuestra adolescencia con esa música y esos colores bajados de los sueños.

De manera que, la próxima vez que la oigas cantar “Didn’t I make you feel like you were the only man…”, no te preguntes por qué no estuviste en Woodstock, ¡vive Woodstock todos los días!