Ricardo Tello
El marco que brindaba el cálido interior del restaurante Oxymoron, en Hackesche Höfe, resultaba un poco extraño para hablar sobre inmigración y las implicaciones para la asistencia social de Berlín, Alemania.
Pese al frío de invierno, que rayaba los 3 grados centígrados, nos sentíamos a gusto: para llegar a tiempo pedaleamos 15 minutos desde el edificio principal del diario Die Welt. Estacionamos las bicicletas alquiladas por 10 euros el día mediante una llamada celular a una central que proporcionó la clave para destrabar los seguros electrónicos.
Ya en el interior del Oxymoron estaba Elke Pohl, delegada por el Senado de Berlín para asuntos de integración y migración. Una agradable señora de muy fluido verbo, madre de un hijo –ya profesional– y que a sus 48 años tenía un gran reto frente al cargo. La conversación fue amena. Un poco en inglés y un poco en alemán, siempre con la ayuda de la intérprete, Nisha Anders.
Dos horas después, y cuando confirmé que el colectivo ecuatoriano era minoritario en Alemania, nos despedimos con una última copa de vino.
Estreché su mano con la seguridad de que quizá nunca más la volvería a ver.
Pero nos encontramos casi de inmediato, en el estacionamiento de bicicletas del restaurante, e improvisamos otro diálogo: que hace cinco años le dijo adiós al vehículo; que su esposo también usa bicicleta; que la contaminación; que la capa de ozono… y terminamos, los tres, dando un largo paseo por la Isla de los Museos (Museumsinsel).
Entre junio y agosto del 2008, 60.000 personas participaron en Bavaria en el programa Al Trabajo en Bicicleta; dejaron de emitir 3.400 toneladas de CO2 y hubo 1.250 kilogramos menos de polvo en la atmósfera. Para este año hay un 33 % más de participantes.
De regreso a Cuenca, donde más de 76.000 automotores circulan por sus estrechas calles, se me fijó la idea de regresar al uso progresivo de la bicicleta, como lo hacía en el colegio, alentado además porque la Universidad de Cuenca, donde doy clases de periodismo, lanzó el proyecto Ciudad Saludable: los viernes, estudiantes y profesores debemos pedalear a clases.
Así que un domingo, durante un paseo familiar, finalmente la encontré: en un restaurante del lejano pueblo Llacao me esperaba amarrada a una balaustrada. Me la vendieron por 10 dólares; 15 más de inversión y mi Eastern 1960 estaba lista para convertirse en transporte no contaminante.
Pero se me olvidó que en Ecuador el vehículo es sinónimo de estatus:
solamente en el Austro, en el año 2008, se vendieron 12.000 carros nuevos, 113.000 en el país según un estudio de una empresa comercializadora.
La Corporación para el Mejoramiento del Aire en Cuenca descubrió que esta ciudad tiene 49,38 microgramos de contaminante por metro cúbico de aire, cuando la norma de calidad para Ecuador fija como tolerable 50 microgramos.
La mañana en la que el mecánico me entregó mi Eastern arreglada, un visitador a médico expresó por la ventanilla del auto, a todo pulmón, su opinión sobre mi decisión de utilizar bicicleta: “hazte a un lado hijueputa”.
Sí. Se me había olvidado que en Ecuador, el vehículo, es sinónimo de estatus.