No es por Los Chaucha Kings, la banda de rock. Me refiero a los auténticos y originales reyes de la chaucha: los profesores universitarios ecuatorianos. De raíz kichwa, el significante chaucha se usa en algunos países sudamericanos para designar monedas u objetos con escaso valor de intercambio. Aquí la usamos para referirnos a trabajillos extras que en este reino de la informalidad y el subempleo permiten a muchos ganar unos dólares extras para redondear un ingreso más decente. Además, a falta de sólida tradición académica nacional, la chaucha es la vía más frecuente de ingreso de muchos profesionales a la docencia universitaria e instrumento del boom de las universidades particulares; ello no desmiente otras motivaciones, como el deseo de transmitir una experiencia a los jóvenes, el desafío de actualizarse o el pago de la deuda social para los que pasamos por universidad estatal.
Si en otros lugares el “catedrático universitario” tiene prestigio, buena paga, investigación, saber, enseñanza reconocida, producción escrita y publicaciones, en estas comarcas el término es un adjetivo hueco para engordar el currículum o argumento de autoridad para ganar una discusión. Pocos son por aquí aquellos que responden a lo que se debe esperar de un profesor universitario, y sus logros obedecen más bien a un esfuerzo personal que al efecto de una estructura universitaria que permita y obligue a que los llamados “catedráticos” produzcan conocimiento y lo compartan. Cuando la docencia universitaria es una chaucha –como ocurre para la mayoría– ello le imprime a su ejercicio un sesgo que afectará su manera de sostenerla.
Así, para unos puede ser una actividad que no requiere esfuerzo, preparación de clases ni actualización: se encarga a ayudantes informalmente subcontratados. Para otros, ello permite pasar veinte años apoltronados en la “cátedra” repitiendo las mismas lecciones, creyéndose los “dueños de la materia X” sin obligarse a investigar y a escribir. Al ser el discurso universitario una variedad solapada del discurso del amo –como enseña Lacan– algunos hacen de la supuesta docencia universitaria un ejercicio de poder para sostener su narcisismo, a costa de los incautos estudiantes que ya les llegan “amansados” después de trece años de educación básica ecuatoriana. Para compensarse por el fracaso en su función, hay quienes se inventan y exigen alicientes institucionales como club social, cooperativa de vivienda, “plan carro”, “giras de observación” (paseos) de profesores y otros beneficios que no tienen que ver con la capacitación académica.
Una chaucha no hace carrera académica y por ello hacemos de la enseñanza una carrera burocrática y administrativa peleando por el pago de la antigüedad más que por la construcción de una verdadera estructura universitaria. Utilizamos la autonomía universitaria como una coartada para exonerarnos del cumplimiento de nuestra propia función. No construimos ni sostenemos un código que nos exija responder a la verdadera condición de un profesor universitario. Nos solazamos en la autocomplacencia. Inclusive hemos permitido que la universidad ecuatoriana haya sido el Armagedón de las batallas intestinas de nuestra izquierda jurásica (¿alguien conoce otra?).
La transformación de la universidad ecuatoriana requiere una subversión de conceptos y propuestas que vaya más allá de la periódica y cosmética reforma de programas y titulaciones. ¿Quién le pone el cascabel al tiranosaurio?