Al salir de su casa recoge en la entrada el diario matutino, y en la portada ve al candidato que lidera las encuestas y por el cual va a votar. Examina una vez más, en las líneas del diario, las propuestas de campaña del que será su nuevo representante y resalta algo, que aunque le cause remordimiento, debe aceptarlo como lo que el país necesita. La propuesta de gobierno que resalta de este candidato es la futura convocatoria a una nueva Asamblea Constituyente para que redacte otra Constitución. El argumento básico de esta propuesta es que la Constitución del 2008 no fue una Constitución de consenso, sino una de partido; que el Estado no tiene los recursos necesarios para mantener a todos los entes públicos que creó esa Constitución; que la Constitución solo debe delinear las bases para la construcción de un Estado para que después las leyes y los reglamentos las desarrollen; que en ocho años el modelo de organización territorial propuesto no ha tenido ningún éxito, es más, ha resultado ser inviable e incoherente; que en el Consejo de Participación Ciudadana no han participado ciudadanos independientes y, por último, que se necesita fomentar el libre mercado, la empresa privada y evitar, en lo que más, la intervención estatal en la economía.
Termina de leer y está más decidido que nunca. Camina hacia la calle para coger el bus y dirigirse a la junta electoral en la que se le ha asignado votar, y en el camino deposita en un basurero su bandera verde. Al depositarla, nota que en el mismo tacho hay varias banderas iguales a la suya y se pregunta: ¿Tan equivocados estábamos?
Ya en la mesa electoral, vota por el candidato de su elección y pide a Dios que, por favor, esta sea la última vez que un candidato propone otra Constitución y que ya de una vez por todas el Ecuador progrese y tome un rumbo, y deje de renacer cada vez que hay elecciones presidenciales.
Estudiante de Derecho de la Universidad de Navarra, España.