Doumet nunca fue un hombre de izquierda. Todo lo contrario. Me pregunto qué le ocurrió. Quizás lo convencieron los argumentos académicos del Presidente (“bestias salvajes”, “idiotas como tú”, “enano”, y linduras parecidas). El hecho es que, sorpresivamente, se convirtió en un “revolucionario”, en seguidor del Che, en simpatizante de la guerrillera Nubia Calderón y entusiasta admirador del cambio correísta.
Qué paradoja, porque, al mismo tiempo, desde el sábado pasado, Doumet ya no usa correa, ni siquiera tirantes, así que los pantalones se le caen, mostrando las posaderas del miedo.
Doumet fue testigo privilegiado de lo que ocurrió ese día. Escuchó cómo el Presidente arengaba a sus seguidores para que “pongan orden”. No se inmutó cuando le dijeron en la cara que su universidad era una vergüenza. Estuvo entre los que se acercaron al presidente para pedirle que, por prudencia, evitara un incidente, pero no obtuvo respuesta.
Correa sí usa correa (látigo, diría yo), así que no quiso demostrar “cobardía” ante Carol Solórzano, una jovencita delgada que expresaba su descontento afuera. El macho macho no podía utilizar otro camino, tenía que pasar por donde estaban apostados los estudiantes gritando sus consignas, así que se trepó a su auto blindado y le ordenó a su guardia de seguridad que abra paso a la fuerza.
Resignado, el Rector correísta se cruzó de brazos mientras la Policía y los militares pateaban a Carol y a sus acompañantes sin pedirle autorización, y violaban la autonomía universitaria.
Seguramente Doumet creyó que con eso había demostrado su lealtad. Pero los tiranos nunca se dan por satisfechos. Exigen abyección. Así que el Rector correísta ahora está conminado a expulsar a Carol y a sus amigos, y con los pantalones a media rodilla se prepara para obedecer.
Imaginen ustedes esta escena: Doumet invita a su casa a un señor que llega acompañado de una patota. En medio de la fiesta, la patota les cae a golpes a los demás contertulios. Indignado, el hijo de Doumet le hace una seña al majadero que inició todo. Pero al día siguiente, Doumet declara que investigará los “incidentes” para sancionar… a su hijo grosero que no supo guardar compostura.
¿Y la patota? Bien, gracias.
En el país hay miedo. Todos lo tenemos. No hay por qué avergonzarse. El miedo es inevitable cuando nos enfrentamos a un poder dañino superior. Lo terrible, lo vergonzoso, es cuando queremos que otros paguen por nuestra cobardía. Cuando no solo nos arrodillamos porque debemos llevar el pan a la boca de nuestros hijos, sino cuando amenazamos a otros, como Carol y sus amigos, para que ellos también se postren y supliquen.
La Universidad, el Alma Máter, no es para gente así.