Este útil término proviene del nombre de Leni Riefenstahl. Era una artista alemana, actriz, bailarina y fotógrafa, que sobre todo destacó como cineasta, como realizadora de documentales. Poseedora de gran belleza física e innegable talento, no dudó en usar estos dones para construir su carrera. El problema es que su obra, la parte realmente importante de ella, era una apología del régimen nacionalsocialista.

El artista no aspira a la riqueza y ni siquiera a la fama, lo que aspira es a su obra. Es decir a realizar esas ideas que pugnan dentro de su espíritu. Y generalmente es por allí por donde pecan: por la concreción de su obra son capaces de todo. Para algunos ese “todo” es venderse a cualquier régimen, sin importarles que el hecho de que al recibir ese apoyo convalidan todo lo que hagan tales gobiernos. Lo grave es que, normalmente, los mandamases no les dan gratis los recursos que requieren para sus propósitos, sino que exigen sumisión y loa.

He escuchado el disparate de que “todo gran arte es estatal”. Tremenda falsedad, dígase si alguno de estos movimientos artísticos eran estatales: el impresionismo, la Nouvelle Vague, el Bauhaus, el Grupo de Guayaquil… dígase si debieron algo a los estados: Van Gogh, Ives, Lloyd Wright, Visconti, Borges… Los gobiernos y peor los autócratas no financian el mejor arte, sino el que los alaba, el que no los contradice. El Kaiser dijo: “El arte que quebranta las leyes y los límites fijados por mí deja de ser arte”. Por eso el arte estatal siempre es mediocre, aburrido, predecible, incluso cuando tiene a su servicio un talento como el de Leni Riefenstahl.

¿Debe el Estado fomentar las artes? Nuestra respuesta es “puede”,  siempre que al hacerlo saque por completo las manos de la actividad artística misma. La solución que don Benjamín Carrión ideó al crear la Casa de la Cultura era interesante: se trataba de destinar una fracción de los recursos estatales a una entidad relativamente autónoma, para que sea esta y no el Gobierno la que se encargue de la promoción cultural. El modelo merecía afinarse, siempre por el lado de una creciente autonomía y descentralización, pero es válido.

El proyecto de nueva Constitución crea un “sistema nacional de cultura”, que significa el fin de toda autonomía en la gestión cultural. Los artistas desafectos al Gobierno, los que tengan algo de pelucones, los que lean a Solzhenitsyn, los aniñados, las bestias salvajes, es decir, todos los que no se hayan riefenstahlizado, pueden olvidarse del apoyo estatal. Me pregunto si en el mundo de la cultura hay conciencia de esto. ¿O están conformes en cambiar la libertad de creación por financiamiento?